Carne
Ambos sabíamos que iba a ser
complicado desde el principio. La angustia de no encontrar el punto en común a
medida que pasaban los meses nos absorbía la alegría y nos sumía en la
sensación de sentirnos culpables por continuar algo que parecía muerto. Y luego
ocurrió el milagro, o algo así; nuestro sentir se convirtió en un amor zombie.
Vivíamos de pequeños atisbos de
vida; aunque los movimientos eran limitados, nos conformábamos con arrancar
pedazos de nuestra carne de vez en cuando… pedazos a los que nos aferrábamos
cuando nos sentíamos en peligro de desvanecer. Era, sin duda, una cuestión de
supervivencia, del cómo nos apoyábamos para subsistir en un mundo de corazones
fuertes, vivos y latentes. Nosotros no sentíamos la sangre corriendo por las
venas ni las mariposas que ya estaban muertas en el estómago; era algo más
visceral. Tal vez en otra vida esos bichos extraños vivían; en otra vida donde
nos sentíamos completos, en otra vida donde nunca nos hubiéramos encontrado.
Pero nos tocó el apocalipsis. El
declive de lo que éramos como humanos; el renacer de los instintos básicos y la
desfachatez de intentar llenar un corazón hueco con pequeñas complacencias
efímeras. Eran bonitas, se sentían bien y nos ayudaron, pero no había una cura
para volver a correr como antes. Los pasos que dábamos, cada vez más lentos,
cada vez más débiles, terminaron por eliminar la poca intención de encontrar un
alivio en conjunto. No fue tu culpa, no fue mi culpa. Encontrarnos en medio del
desorden de nuestra vida y de la poca fe en el amor nos llevó a terminar de
derrumbar lo que intentamos construir.
Al final, en la tumba, en la
agonía, nos descubrimos. Una vez nos alejamos entendimos que lo único que nos
impedía ser inmunes al dolor y a la desconfianza era seguir creyendo que
debíamos continuar caminando de la mano. Tú ya habías exorcizado tus carnes y
yo seguía removiendo la podredumbre de mi corazón. Una vez volviste a ser
humano, corriste sin pensarlo.
A veces volar dejando atrás el
camino es la mejor decisión que un ser humano naciente puede tomar; a veces lo
que no sirve tiene que hacerse a un lado; pero a veces los desechos todavía
sienten y entre la porquería y la confusión de perder el norte, aparece un
sentimiento; ese que se disfrazaba de fortaleza; un sentimiento que derrumba el
ser, aniquila el zombie y evidencia la vida.
Dejarte; dejarme; dejarnos fue el
pellizco final y la inyección que terminó de matarme hasta la última neurona para
darle paso a un nuevo embrión de emociones y sensaciones; un nuevo corazón que
con el primer latido logró lo que nunca logré en pareja: una sonrisa real fuera
del conformismo, sin miedo del porvenir; sin miedo de arriesgarlo todo, por otro
ser humano, incluso, por otro zombie.
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