A mis viejos amores


A los que fueron, a los que no pudieron ser y a los que fallamos en el intento. Te encontré, te reconocí, te conocí, te dejé ir; en algunos casos, me dejaron ir. Sin embargo, no me arrepiento ni un segundo de lo que viví junto a vos. Vos, mi viejo amor.

Atravesando el mar de las hormonas y la química a primera, segunda y hasta tercera vez, conocí a mis viejos amores. Hombres variados físicamente, a quienes quise con el alma y olvide con melancolía, a los que quiero en el recuerdo, de los que aprendí a ser mejor o peor persona. Esos, a mis hombres de antaño les debo de antemano, mis aprendizajes amorosos. Si sufrí, lloré, reí, gocé, ya no lo recuerdo. Sólo tengo el sabor a enseñanza, el tacto moldeador de sus pasos. Mi alma y mi energía se impregnaron de otras que con el tiempo, a pesar de esfumarse, dejaron restos eléctricos que se fundieron con lo que soy ahora, mi yo, mi danza, mi volatilidad, lo que nunca fui y nunca seré.

Algunos se enamoraron de mí, yo no pude; de algunos me enamoré, me rompieron el corazón. Y así fue, un riachuelo de vagas emociones donde el amor se dibujaba entre sonrisas, pecas, cabellos azabaches y largos, ojos verdes, barbas varoniles y música; porque la música nunca pudo faltar. ¡Qué me culpen lo dioses del Olimpo por tan tremendo pecado! y es que la música me eriza los vellitos del corazón, cada latido toma su compás y a pesar de que música no tengo en mi garganta ni en mis manos, tarareo cual gallina turuleca cuanta canción me suena, porque para amar sólo necesito una voz espiritual, suavecita y sensual, que me recorra el cuerpo a punta de notas, que me toque el cuerpo a punta de acordes, ¡Ay, ay, ay que Orfeo me haga una fiesta!

Me emociona pensar en el ritmo, pero… volvamos a los fracasos que fueron motivo de estruendosos coros de canciones de despecho. A muchos intenté quererlos; los conocí, quise ser compatible, pero al final, el destino se salió con las suyas. Forzar lo que no es pa’ uno es infelicidad absoluta. A otros, muy pocos, les entregué más que coquetería, les abrí mi caja de Pandora, mis demonios incipientes, mis delirios sofocantes, mi locura avasallante; sin embargo, no fue suficiente.

La suerte de enamorarme de personas atormentadas me persigue. Tan valiosas y grandiosas son que se aferran a sus viejos amores, que no están listos para emprender una nueva aventura, y yo… que quiero volar muy alto, así me derrumbe como Ícaro, me topo con el miedo quejumbroso que rezonga en las cicatrices del pasado. Una, dos, tres, soy experta acariciando heridas. Pomada para el engaño, pomada para la incompatibilidad, ¡Ay, ay, ay, un toquecito más para la pérdida de dignidad!... y mis cicatrices, vean ustedes, que ahí están, algunas en la belleza, en la piel; algunas en el ego, en la insensatez; y algunas en el alma, en la cordura, en la confianza. Y las últimas son pocas, pero para qué mentir, hicieron hueco profundo, tanto que cavaron la tumba, echaron el muerto, corrieron la tierra y pusieron el epitafio de inmediato: QEPD al nuevo viejo amor.

Y así, un leve recuento sensato de lo que he sentido por ustedes, pequeños canallas. No negaré que agradezco que se los haya llevado el pasado. Por más buenos o malas que hayan sido, ya no me importan; si fueron buenos, los recordaré como tal, si no, depuraré lo malo; si fueron tan perversos que no se rescata algo, recordaré eternamente mi sufrir y lo que no quiero nuevamente para mi vida, y es que así es, así son, así fuimos, así soy.

Pasamos la página, dudamos en el epílogo, consolidamos a duras penas el prólogo, nos prometimos un montón de capítulos que nunca se estructuraron y como buena narrativa vaga, sólo sobrevivimos a fragmentos, siendo una antología de versos sin hogar, de momentos pasajeros, de letras al aire, de amor inconexo. No hay de qué afligirnos, a retazos construyo mi desamor, mi historia romántica, mi padecer encrucijada, mi despertar renovado. A ustedes, gracias por ofrecerme vida, por hacerme sentir en los lóbulos el peso de lo que llamamos amor. A ustedes, por mostrarme lo hijo de puta que puede ser el amor; por mostrarme lo delicioso que puede ser el amor.

Bailemos, vengan ¿sí, sí, sí? Suavecito, ¿escuchan? ¡Ay, ay, ay! ‘Temblequera, yo siento una temblequera…’ y con ella todo el romanticismo del asunto. Volemos juntos, tiremos los recuerdos a la luna, seamos amigos, desprendámonos de besos, de ‘Te amos’.  Los besuqueos viejos enferman, la saliva se solidifica y ese amor sobreviviente de los recuerdos envenena. Cambiemos las caricias sexuales por abrazos inocentes: ya no fuimos, no insistamos; ya lo intentamos y nos fuimos de jeta contra la luna… ¡sí! volamos tan alto que llegamos a robarle plasma a las estrellas para descender bien profundo en cráteres del satélite terrestre y bueno, aquí estamos como los terrícolas que somos, sobreviviendo al des-amor…

Lo importante no es buscarse en alguien más, ni encontrarse, ni anclarse; lo importante es disfrutar, reivindicar, amar y dejarse. Te dejé, me dejaste, nos dejamos. 

Las nubes están bien azules, ¡Oiga!, el viento hace música y el vientre siente calenturas. Cae la tarde, un estribillo al fondo, suena como los dioses y cómo no si es Orfeo. Me trae mi serenata, me complace con el sonido. A falta de amores a causa del olvido tengo este hombresote que vive en cada nota, que me recorre la cintura, que me saca sonrisas, que me da vida, que me inspira a gritar que los días son mejores cuando amo lo que soy, agradeciendo que ustedes, mis viejos amores, ya no me hacen la vida imposible. ¡Epa!, subíle a la música, que este pecho se fue de rumba, este pecho ya no sufre de mariposas, de esas que se cuelan del estómago a la boca; no, este pecho está soltero, sin sufrimiento y sin remordimientos. Ya no los quiero, ya no los amo, ya no los odio, ya los olvide, ya me olvidaron… ya nos olvidamos.


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