Llévate todo, menos mi corazón
Tic Tac, así corría el reloj, cuando minuto tras minuto se iba muriendo el tiempo.
Tic Tac, retumbaba nuevamente, ya casi era la hora.
Tic, tac… sonó la alarma. Hora de levantarse.
Me senté en mi cama, con ojos perezosos y los pies helados, todavía no había amanecido, eran las 3 de la mañana, y con una suave brisa, la cortina iba ondeando de lado a lado. Gire la mirada lentamente y ahí estaba ella, como siempre en un sueño profundo. Sus mejillas rosadas resaltaban y sus largas pestañas hacían juego con su cabello castaño liso. Le di un beso en la mejilla y dulcemente le susurre:
- Cariño, ya es hora, levántate que se nos hace tarde.
Ella solo abrió un ojo y con pereza dijo:
- ¿tan rápido?, si nos acabamos de acostar… tengo sueño… 5 minutos más, y cerró el ojo con la misma rapidez
- No señorita- respondí, y comencé a hacerle cosquillas.
- ya, ya, ya pues, resoplo fingiendo que estaba malhumorada.
Era un 2 de Mayo, y allí estaba María José, antes mis ojos, bella como siempre, quien iba de un lado a otro en esa pijama de seda, que exaltaba mis pupilas, hacía palpitar mi corazón y otras cosas más. Estaba embelesado con su cuerpo, la forma de sus caderas, su coqueto andar, su cola de caballo, y sus inquietos brazos que todo lo cogían, todo lo tocaban, todo lo rompían y todo lo calmaban.
- ¿Qué se me queda? – me preguntaba mientras me miraba con un gesto distraído –Pon atención, hey… ¡Fernando! –
Yo no podía concentrarme, era absurdo, pensaba constantemente en que sentía mucho más por ella, de lo que alguna vez había pensado sentir por alguien en tan poco tiempo. Y mas… ¡Ella! Quien era una niñita caprichosa, coqueta, extrovertida, malgeniada y orgullosa, pero aun así cada cualidad la complementaban de una manera, que yo, sinceramente, no podía explicar. A veces no sabía si quería matarla o cogerla brutalmente contra la cama, desbordando pasión sexual, y sintiendo lo que muchos llamaban como hacer el amor. A decir verdad, Majo se había robado toneladas de suspiros, pero era un secreto que guardaba con recelo, para evitar que aquella chica que me miraba desconcertada y con una sonrisa burlona, se diera cuenta de lo que sentía… a fin de cuentas ¿para que interrumpir su búsqueda de objetos perdidos?, parecía buscando huevos de pascua, a todo le ponía una aventura. Se inventaba un mapa para encontrar un cepillo, un tacón, una blusa, una joya, cualquier cosa… así era ella, tan infantil, tan tú, tan mi, bahh… patrañas… tan María José, tan ella.
Por fin volví en mi, y le ayude a buscar lo que faltaba, una vez teniendo todo listo, apreté su maleta rosada, que parecía a punto de estallar. ¡Llevaba de todo! Pero aun así, y con bastante esfuerzo, ella sentada encima de la maleta y yo jalando la cremallera, pudimos llevar a cabo nuestro objetivo de cerrarla con todo intacto.
Presurosa se baño rápidamente. Salió con su cabello mojado y las gotas de agua recorriendo su cuerpo. Obviamente, como buen hombre no pude evitar agarrarla de la cintura y envolverla en besos y caricias. Ella sonrió pícaramente… recuerdo como se mordía los labios, mientras yo la despojaba de la toalla, la tiraba a la cama y pasionalmente le besaba la boca, el cuello, el pecho, los senos y el vientre. No tarde en penetrarla y mientras el movimiento se hacía más fuerte, no podía dejar de pensar en lo mucho que me excitaba, y lo mucho que disfrutaba el sexo.
Al escuchar el ensordecedor y excitante grito de placer, di por cumplida mi tarea, y en un rápido movimiento, por fin eyacule. Ella después de haber gemido como loca, y haber hecho cientos de caras, complicadas (si me pueden entender) me beso tiernamente, mientras suspiraba de regocijo.
Se levanto, se vistió, de jean, camisa y tenis. Y con una voz dulce dijo:
-Ya estoy lista, vámonos-
***
Majo era una estudiante de periodismo, soñadora, ambiciosa y caprichosa. La había conocido por casualidad en una salida de esas a las que uno no quiere ir. Me la habían presentado, y al comienzo pensaba que no se podía callar, sus labios decían 20 mil palabras por segundo, pero a medida que la fui escuchando, me prende de su forma de ver el mundo, de la sencillez con la que trataba cada tema, y de su hermosa cara.
Comenzamos a salir, más como amigos, que cualquier otra cosa. Decíamos bobadas, comíamos helado y en si tonteamos por el mundo. Al principio lo vi como un pasatiempo, un hobbie, una buena compañía, pero a medida que pasaba el tiempo, se convirtió en mi amiga, mi confidente, mi amor y mi vida.
Mientras pensaba todo esto, ella me miraba, preguntándome que me sucedía. Yo solo esquivaba con alguna respuesta ingeniosa, y ella se tranquilizaba por momentos, pero luego volvía esa maldita curiosidad, característica fundamental de la niña, y me tocaba esforzarme nuevamente por condescender con algo sutil… no era que quisiera ignorarla, pero mis divagaciones estaban a un nivel profundo, que exigían total concentración, pues se debatían entre la vida y la muerte, entre dar o perderlo todo.
- Mira, ya llegamos. Haz estado muy callado, por cierto. Me toca sacarte las palabras y sabes que odio la gente que no habla. – dijo.
- Tranquila, no es nada, solo pienso cosas- respondí-
Su vuelo salía a las 6 30 de la mañana. Habíamos llegado media hora antes. La acompañe a registrarse, y a guardar su equipaje. La muy digna se iba del país y se llevaba no solo ropa y zapatos, se llevaba algo de mi ser, pero no descubría qué exactamente. Patético, pensaba yo, Mientras suspiraba. Ella iba de un lado al otro revisando pasaportes, tiquetes, reservas y dinero, con una cara de maniática, producto de su pequeña cualidad de llegar tarde a todo.
- Y ¿Qué tal que me deje el avión?- decía, mientras yo la tranquilizaba por tercera vez.
Por fin puso todo en orden y nos dirigimos a la puerta de embarque. En ese instante nos paralizamos los dos. Sabía que ella no me quería de la misma manera que yo. Yo lo sabía, muy en el fondo de mi corazón. ¿Qué le podía decir? ¿Cómo me despediría? Que putas haría si…
- ¡FERNANDO! Me grito Majo de golpe, a lo que yo respondí exaltado.
Y he aquí el instante que jamás olvidaré de mi historia con ella. Sin ninguna complicación, María José Morales con su sencillez y simpleza me dijo, con voz temblorosa:
- Yo a vos te amo- y me dio un pico en la frente, un beso en la boca, finalizando con una mordida de labios; me abrazó, me sostuvo la mano, me sonrío y entró a la sala de espera dejándome como un huevon, ahí parado, mudo y atontado.
Todo lo que yo había pensado y divagado absurdamente para decirle lo mismo, término finalmente con un insulso: Yo también, que se perdió en el eco de las paredes de aquel aeropuerto. Definitivamente yacía inerte… y en realidad ya estaba más que seguro de saber lo que se había llevado consigo.
Entre los dientes de su sonrisa, sus pupilas oscuras, sus pechos prominentes, sus pataletas, sonrisas, niñadas y la vez que vio una estrella fugaz y no lo pudo superar… entre todo eso se había llevado nada más y nada menos, que mi corazón entero...
- …Maldita sea- pensé, y giré lentamente hacía la puerta de salida.
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