En el fin...



María se levanto a las 6 de la mañana, la misma hora todos los días. La brisa que entraba por la ventana era mucho más helada que la del día anterior, el invierno empeoraba y la pesadumbre y tristeza ya comenzaban a hacer efecto en la ciudad. Las calles desoladas resoplaban levemente en esa corriente aérea, que en vez de refrescar traía consigo un susurro de auxilio. María no dudo en ponerse sus sandalias, levantarse y caminar despacio por los pasillos que conducían a la cocina, al llegar preparo un café, y sosteniéndolo con ambas manos, se quedo mirando el umbral de la puerta, un poco envejecido por los años, recordando, como días antes, Jhon había entrado, como si nada por ahí, y le había entregado un ramo de flores, que aún conservaba marchitas en un florero cercano a la sala. Suspiro hondamente mientras tomaba pequeños sorbos de ese humeante pocillo. Ese día no era normal, desde aquella tragedia, su sonrisa no emanaba y sus ojos vidriosos, agotados por el sufrimiento, se habían secado de tanto llorar, parecía un alma pasajera flotando levemente en un mundo desconocido.

La mujer de 20 años, se desvistió y se metió a la tina caliente, esperando enjuagar un poco sus penas con esas burbujas, que en algún tiempo resultaban divertidas y que ahora al explotar traían consigo puntadas nostálgicas de recuerdos implacables que acechaban su mente.

María no podía con la desgracia, extrañaba sus besos, sus caricias y en sí el romance cursilodramático que Jhon traía a su vida. Lentamente tomo la toalla y se la enrollo en su delgado cuerpo, camino descalza hasta la habitación y del closet saco un vestido azul con círculos blancos, unos zapatos de charol del mismo color, y una diadema tejida con seda, que había sido regalo de su abuela.

Se vistió parsimoniosamente, fijándose en que el vestido no tuviera ninguna arruga, se peino y delicadamente amarro la seda a su cabello castaño, se puso medias veladas blancas y sus zapatos. Se sentó frente al espejo, se maquillo un poco, polvos, rubor y labial color carmesí y cuando estuvo lista, abrió un pequeño cajón, sonrío por primera vez en muchos días, y con la pistola que había sacado se disparo en la sien. Su cuerpo cayo inerte, la sangre mancho su vestido y gran parte de la alfombra, pero la sonrisa seguía en su rostro, inmovible, permanente; Por fin iba a reunirse con su ser amado, Jhon.

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